Margarita Andreu  /  Textos
Margarita Andreu y la poética del espacio Castellano
Henry Meyric Hughes
‘La poética del espacio’, título del célebre libro de Gaston Bachelard, escrito en 1958 y subtitulado ‘Una mirada clásica hacia la manera de experimentar los lugares íntimos’, es también el título que he escogido para mi breve ensayo sobre esta exposición. Cuando empecé a escribirlo, todavía no había visto, experimentado o explorado personalmente el espacio expositivo de Espai Ubú, remodelado en esta ocasión según los deseos de Margarita Andreu. Pero Bachelard nos brinda una entrada al recordarnos sutilmente los aspectos fenomenológicos, psicoanalíticos y psicológicos del espacio (‘El espacio habitado transciende el espacio geométrico’). Para él, el punto de partida es una reflexión sobre el hecho de que ‘...cada rincón de una casa, cada esquina de una habitación, cada centímetro de espacio recluido en el que nos gusta escondernos o aislarnos, es un símbolo de la imaginación’, en el que conviene entrar en un estado casi de trance. Aquí traemos nuestras vidas, y nuestros recuerdos; este espacio doméstico es a la vez refugio y punto de encuentro con el mundo exterior. Como diría otro escritor, Georges Perec, obsesionado también él con la poética del espacio: ‘‘Has de tener una contraseña, cruzar el umbral, mostrar la documentación, comunicarte.’

En el espacio de la galería, Andreu ha colocado paneles de policarbonato grueso y opaco, que van del techo al suelo y cubren parcialmente las aberturas de los grandes ventanales. A manera de pantallas, estos paneles sirven para proyectar videos de ritmos diversos, visibles por ambos lados, que filtran los sonidos ambientales, la luz del sol, las sombras, el atardecer. Estos videos disuelven las barreras entre el interior y el exterior y ponen el espacio entero en movimiento con una serie de evocaciones mentales y temporales. Las imágenes que Andreu nos muestra, y el uso que de ellas hace, son casi una antología de su obra de los últimos diez o quince años. Son fragmentos efímeros que la artista denomina ‘muestras’ o ‘demostraciones’ de lo que pretende mostrar. Son proyecciones de los recuerdos de una vida, en tiempo real y en el espacio real, desestabilizadas por los efectos de la luz, el movimiento y el sonido. Están basadas en imágenes de objetos y detalles de objetos, aparentemente banales pero cargados de significaciones personales. Proceden de ‘nuevas tomas’ de escenas ya filmadas, como la vista de la reja detrás de la Biblioteca Lenin en Moscú, o un detalle de un paisaje de los Pirineos, que tienen asociaciones personales para la artista, pero que en los dos casos están mezcladas, en primer plano, o ampliadas, hasta resultar prácticamente irreconocibles: elementos naturales y artificiales se asemejan unos a otros; y la reja, o retícula, se convierte en una representación de una especie de red orgánica al conectar recuerdos y objetos invisibles, al tiempo que las piedras en el suelo aparentan los píxeles de cualquier pantalla de televisión. Retículas, redes y píxeles son en sí mismos metáforas de las relaciones entre el mundo visible y el invisible, y entre el mundo natural y el artificial. Son pieles y elementos estructurales que bien pueden servir de metáforas del ámbito social, y así fueron utilizadas con gran efectividad por Helio Oiticica, un artista con el que Andreu comparte ciertas afinidades estéticas. Los motivos dispares y minimalistas que Andreu utiliza de manera aparentemente casual son abstracciones distorsionadas que curiosamente se concretizan mediante una extensa gama de recursos técnicos. Van más allá del reconocimiento inmediato y generan toda una serie de correspondencias inesperadas y espontáneas, no sólo entre ellas sino con la red de asociaciones que las rodea. Entrar en la sala, por tanto, es experimentar lo contrario de la ‘muerte’ a la que se refería Brian O’Doherty en su descripción del ojo incorpóreo al que queda reducido el espectador al entrar en el cubo blanco. Por el contrario, aquí nos sentimos atraídos por una multitud de alteraciones sutiles, adiciones y superposiciones del tejido físico, hasta el punto que nos es difícil situarnos en este ‘mundo en una caja’.

Para Andreu, movimiento es significación, el pincel que genera la imagen a partir de los escasos materiales en su paleta, o para decirlo de forma más literal, la cámara que sustituye al ojo como ventana del alma al explorar el espacio circundante y extrapolar los diversos elementos hasta enfocar, o descartar, los objetos que vislumbra. La artista, viendo sin ser vista, o bien mueve la cámara para fijarse en el sujeto, o bien decide enfocar o desenfocar el objeto. De cualquier modo, es su mano invisible la que conscientemente manipula la imagen. O para ir más lejos, quizás sea su mano sobre el ratón del ordenador, la que de rienda suelta, mental y físicamente, a la imaginación. Y nosotros, en tanto que espectadores, nos sentimos atraídos hacia los movimientos de esta mano, cámara y objeto, y hacia los movimientos del alma que impulsan estos procesos.

Así pues, lo que queda no son tanto ‘muestras’ como ‘tomas (‘tomas de vistas’, ‘tomas de conciencia’), difícilmente traducibles como ‘capturas’ (¿cautivos, quizás? ¿O la más transitiva, ‘captaciones?). En cualquier caso, la mano que conduce la cámara, o el ratón, capta el movimiento con un gesto y lo convierte en imagen cuya prolongación en el tiempo genera nuevos significados, tanto en nuestras percepciones como en nuestra forma de interpretarlas. (La artista ve aquí un paralelo literario con una de sus novelas favoritas, ‘Tristram Shandy’ de Lawrence Sterne, en la que todos los elementos de la narración se hallan en un proceso constante de transformación que genera nuevos y sorprendentes significados).

Finalmente, y más allá de estos métodos sincréticos, nos hallamos también con un cambio continuo de significación, con un desplazamiento de un objeto a otro, de una idea a otra, de una técnica de representación, o realidad, a otra, mediante un proceso que bien pudiera llamarse de contagio y que se rige por unas normas arbitrarias pero predecibles. De nuevo, podríamos establecer aquí una comparación con otra obra literaria – ‘Ulises’ de James Joyce, por ejemplo – en la que las palabras cobran vida propia y asumen nuevos significados que escapan al control consciente del autor, pero que son ricos en textura, sonido y asociaciones evocadoras. A un nivel más profundo, se nos invita también a pensar en las interrelaciones entre todas las cosas, y la manera como de ellas surge la unidad latente en todo proceso creativo. Mediante una improvisación de virtuoso, la artista busca posibilidades para una significación más profunda. En las evocadoras palabras de Bachelard: ‘El pulso del mundo late tras mi puerta.’