Margarita Andreu  /  Textos
Localitzacions Metrònom, Barcelona 2000 Castellano
Gloria Moure
La obra de Margarita Andreu, aparentemente parca en expresión tiene un contenido metonímico intenso que convierte la experiencia perceptiva en motivo y a éste en metáfora de nuestra vida interior. Hierro y vidrio traslúcido y coloreado, estructuras reticulares, arquitecturas interiores y mobiliario convertidos en signos polisémicos, espacios activados por la poesía cromática y formal, ese es el delicado y casi místico universo configurativo por donde Margarita Andreu se mueve, en plena equidistancia entre la formalización y la presentación de objetos, cuya piel lingüística es delgada porque casi escapa al cerco de los significados, pero permanece incólume al borde de la abstracción total. Las composiciones son discretas, sin preponderancias en relación a la arquitectura que las contiene. La repetición de elementos no conduce a la destrucción formal, porque tal reiteración sirve a una forma mayor que las partes interadas, cuya configuración interacciona con el espacio que la acoge y privilegia al color transparente como metáfora primordial.

Genéricamente, la obra de Margarita Andreu es a la vez pictórica y escultórica, ambas cosas, sin embargo, conceptuadas expansivamente en el sentido de incluir el tiempo, la acción de las audiencias y la tercera dimensión. Esta expansión suena demasiado atrevida para la pintura y en cambio, natural para la escultura, pero en realidad no es ni una cosa ni la otra y para ello me remito a la Historia del Arte y a la naturaleza de nuestra propia percepción. En efecto, durante los últimos sesenta y los primeros setenta, se produjo una rotura de límites en la práctica pictórica que sustituyó el bastidor por los espacios interiores y exteriores. Paralelamente, el arte de acción desarrolló una idea de escultura en negativo, en relación al concepto académico, en el sentido de que no se trataba de un objeto que tenía un aura espacial a su alrededor, sino de un entorno espacial que incitaba a las audiencias a la participación activa. Por otra parte, nuestra percepción visual es pictórica y dinámica simultáneamente, porque es frontal y multifocal cuando nos movemos. Es esa característica tan obvia lo que faculta que podamos preguntarnos por la causalidad de las cosas y a su vez, por los elementos que concatenan esa causalidad por separado, es decir, en abstracto. Esta expansión dimensional del arte tan fructífera, ocurrió porque la idea de individuo creador o perceptor separado de los objetos y del paisaje que le circundaban y sin interdependencia con ellos desapareció definitivamente, vinculándose así el arte con la vida de una manera directa y ocasionando que los procesos perceptivos en sí mismos se convirtiesen en temática.

Debido a éste doble carácter, consistentemente asentado en la tradición reciente del arte contemporáneo, la obra de Margarita Andreu es al mismo tiempo contemplativa e inductora de acción, de manera que a la vez que a una metafísica de la percepción, apunta certeramente a un compromiso firme con el espacio de la utopía individual y social, que debe ser el espacio urbano.